Ana G.
Reus
El silbido del Águila
Volver al corazón
Nace desde la necesidad de mirar de frente lo vivido, de nombrarlo sin juicio y de recuperar la energía que quedó atrapada en el dolor. A través de la recapitulación consciente, cada experiencia —incluso la más difícil— se convierte en un portal hacia la expansión de la conciencia y en una oportunidad de resignificar la historia a tu favor.
Aquí, las heridas no se niegan: se escuchan, se honran y se integran como medicina. En estas páginas, la maternidad se revela como un umbral profundo de confrontación y transformación, y la tribu —la red de mujeres— como el sostén que hace posible atravesar lo que parecía imposible. Es un recordatorio de que no estamos solas y de que sanar también es un acto colectivo.
© 2021
© 2021
Ana G. Reus
Ana Reus es psicóloga, psicoterapeuta, escritora y cantautora mexicana, también conocida por
su proyecto musical Naga del Mar. Nació en Acapulco, Guerrero, y actualmente reside en Valle
de Bravo.
Su trabajo se enfoca en el acompañamiento grupal de mujeres, integrando herramientas de
psicoterapia, arte terapia, música y canto como caminos hacia el autoconocimiento, la
rehabilitación emocional y la integración del trauma. A través de estos procesos, facilita la
resignificación de la historia personal como una vía de sanación profunda.
Trabaja con comunidades en México y Estados Unidos, especialmente con mujeres latinas y
mujeres en contextos penitenciarios, e imparte talleres de acompañamiento, sanación y
expresión a través de la psicoterapia, el arte y el canto.
Como artista, fusiona géneros tradicionales mexicanos con elementos contemporáneos,
creando piezas de carácter íntimo y poético que buscan fortalecer el espíritu y reconectar con
la esencia.
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El silbido del Águila
Nace desde la necesidad de mirar de frente lo vivido, de nombrarlo sin juicio y de recuperar la energía que quedó atrapada en el dolor. A través de la recapitulación consciente, cada experiencia —incluso la más difícil— se convierte en un portal hacia la expansión de la conciencia y en una oportunidad de resignificar la historia a tu favor.
Aquí, las heridas no se niegan: se escuchan, se honran y se integran como medicina. En estas páginas, la maternidad se revela como un umbral profundo de confrontación y transformación, y la tribu —la red de mujeres— como el sostén que hace posible atravesar lo que parecía imposible. Es un recordatorio de que no estamos solas y de que sanar también es un acto colectivo.
“El silbido del Águila” es ese llamado interno que nos invita a elevarnos por encima del dolor, del victimismo y de la historia que creemos ser. Es la intuición que susurra cuando estamos listas para mirar desde otra perspectiva, donde las heridas dejan de ser carga y comienzan a revelarse como sabiduría y gratitud que nutren.
Es la voz profunda del ser que nos guía a hacer las paces con lo vivido, a soltar el personaje, el peso de la culpa, el apego y la sensación de injusticia, y a recuperar la energía contenida en cada experiencia.
Este libro es también un recordatorio de que, al reconciliarnos con el pasado, transformamos la forma en que habitamos el presente. Desde ese lugar, dejamos de reaccionar desde la herida y comenzamos a cocrear una realidad distinta, más consciente, más amorosa, aportando a una humanidad de mayor conciencia.
Este libro es una invitación a recordar que no somos únicamente las historias que hemos habitado, sino conciencia en evolución. Volver al corazón es recordar quién eres. Abrir las alas. Y reconocer que tu historia no te define: te expande.
El silbido del Águila
Capítulo 1
EL SILBIDO DEL ÁGUILA
Volver al corazón
El águila es uno de los animales de poder que me acompaña.
Llegó a mí cuando era una niña pequeña, en un sueño que aún resuena con
claridad en mí hasta el día de hoy: un recordatorio de que todo es posible, de que
también yo podía volar. Allí me vi volando, reconociendo mis alas en la sombra que el
sol dibujaba sobre la tierra. Ese sueño me reveló la fuerza y la sutileza, la energía que
nace cuando decido elevar la frecuencia por encima del dolor y de las historias que
alguna vez me hirieron o me angustiaron.
Con el tiempo entendí que podía conectarme con la frecuencia del águila y de otros
seres que han llegado a mí en sueños y físicamente. Cada uno porta una energía
distinta, una medicina propia, y es posible invocar su asistencia con respeto y amor.
El silbido del águila es una invitación a escuchar nuestra intuición para abrir la visión del
ser auténtico que somos, fuera del personaje que hemos creado y creído que somos, y
observar desde «lo alto» lo sutil, con claridad y con compasión, el propósito secreto que
habita detrás de cada experiencia; de volar con libertad, sin cargas.
Esa libertad de desplegar las alas y volar... pero ¿hacia dónde? De regreso al corazón,
expresando la verdad profunda de quien Yo Soy... ¿Y quién Yo soy? Soy Luz. ¡Soy otro
Tú!, la conciencia y energía que habita este cuerpo, jugando y experimentándose en
experiencias al igual que tú. ¡Existiendo!
Volver al corazón es expandirse y, al mismo tiempo, regresar al centro aceptando la
impermanencia de todo...
Es recuperar las piezas de energía que quedaron atrapadas en momentos clave, que
no supe cómo asimilar en su momento; fragmentos que la memoria guardó en silencio y
que, cuando los traje de vuelta con amor, regresaron convertidos en medicina para poder
integrar al día de hoy en este nuevo ciclo.
Volver al corazón es aceptar, con serenidad y con gozo, que todo ocurrió como tenía
que ocurrir. Es agradecer el camino recorrido y permitir que esa gratitud permita fortalecer
al espíritu que vive en cada uno, en cada una: como un blindaje, pero no uno que
endurece, sino como un manto amoroso que protege y abraza con ternura.
Es regresar a la presencia. Al hogar interno. Es recapitular mi historia con conciencia:
sentir lo que dolió, honrarlo, integrarlo... y, finalmente, liberarlo sin quedarme atrapada en
el sufrimiento.
Y así como el águila que vuela y con su silbido se hace escuchar, así deseo que
también tú puedas hablar desde tu verdad. Que tengas el valor de dejar de callar lo que
tu alma sabe, no desde la herida ni el combate, sino desde la claridad y la serenidad que
nacen cuando el corazón recuerda quién es.
Porque estamos de paso. Cuando aprendemos a tomarnos la vida con más ligereza
—como un juego sagrado que se juega con humor, con amor y con inteligencia
emocional— descubrimos la fuerza para seguir evolucionando hacia nuestra forma
más plena y auténtica.
Yo creo con convicción que «Todo lo vivido —incluso lo que dolió— fue, en su
esencia, una historia de amor». Este libro es mi testimonio de ese regreso.
Ana Reus
Nican Axcan — Aquí y Ahora
Capítulo 2
EL SILBIDO DEL ÁGUILA
Volver al corazón
El águila es uno de mis guardianes; animal de poder y protección que se me presentó
en sueños desde pequeña, y representa para mí mi propio ser.
Su silbido es ese llamado interno que invita a ir hacia dentro, para alertarnos que es
momento de detenerse a sentir, observar, y recordar que tenemos la libertad de abrir
las alas y emprender el vuelo de regreso al corazón, para expresar la verdad del ser.
Es el espíritu que regresa a casa para recordar y volver a amar desde lo más
profundo.
Mirar con los ojos del águila es también una invitación para ti. Una invitación a
elevar tu mirada por encima de aquello que te causa dolor, ya sea en tu vida, en tu
historia o en tu pasado. Es permitir que el alma se observe a sí misma en pleno vuelo,
recordando con suavidad que incluso las experiencias, duras, desgarradoras, o
trágicas formaron parte del camino de regreso al amor.
Y así como el águila se hace escuchar, que también tú puedas hablar desde tu
verdad. Que tengas el valor de dejar de callar esos secretos a voces, o ese
sentimiento doloroso, que callas que te consume, no desde la lucha, sino desde un
lugar claro, sereno y objetivo, para integrarlo y expandir tu realidad hacia algo más
bello, más consciente, más real.
Porque dentro de ti siempre ha existido esa capacidad de elevarte, de ver más
lejos, de ver más profundo y de convertir tu historia en medicina.
Y quizá al mirar con otros ojos, descubrimos que incluso aquello que nos lastimó
profundamente fue también un camino de regreso al amor al amor que somos en
esencia.
Por Ana Gabriela Reus
Capítulo 3
INTRODUCCIÓN
Volver al corazón también es el camino de regreso al origen. Un regreso a lo más
esencial, a esa voz interna que muchas veces fue silenciada por el miedo, el trauma o
el tomarse tan a pecho la vida. Este libro nace desde mis propias cicatrices, pero
también desde mis cantos, mis rezos, mi tambor y el eco de todas las mujeres que me
preceden y de todas las mujeres que he mirado a los ojos y he visto su fortaleza, su
vulnerabilidad y su coraje de salir adelante. Aquí comparto mi historia —no como
víctima ni heroína—, sino como una mujer que ha transitado la oscuridad y ha
encontrado una forma de alimentar la paz que me sostiene.
Hoy puedo reír por dentro al escuchar y reconocer esa voz que me recuerda que
nada de lo vivido me define. Cada escena, cada caída, cada lágrima, cada risa ha sido
solo parte de un gran juego sagrado. Más adelante compartiré con ustedes más de
esta comprensión, de que todo, absolutamente todo, ha tenido un propósito o ha
generado un equilibrio.
Este libro es un tejido entre memoria y canto, entre cuerpo y alma, entre lo
«ancestral y lo cotidiano». Es una ofrenda para quienes sienten el llamado de sanar,
de expandirse, de liberar sus aflicciones, de reconectar con su voz interior, con la vida
desde un lugar más ligero, con la Gran madre, con la tierra y con el misterio que nos
habita.
Este libro no nace desde la intención literaria, académica o intelectual. Nace desde
un lugar íntimo e intuitivo. Desde la necesidad de nombrar aquello que en muchas
familias se calla —para romper patrones, silencios heredados y secretos a voces—
surge también la posibilidad de mirarnos con honestidad. Nombrar abre la puerta a la
autoexploración de memorias profundas y al autoconocimiento: reconocer qué
sembramos y qué cosechamos.
Este acto consciente no solo nos libera a nosotras y nosotros, sino que ofrece
descanso a nuestro linaje y a nuestra descendencia, permitiéndoles soltarse de
historias que, de manera inconsciente, tienden a repetirse.
Existe una tendencia humana a darle más peso a lo doloroso que a lo luminoso; sin
embargo, cuando recapitulamos con los ojos del corazón, descubrimos que incluso en
lo que parecía triste habita una belleza silenciosa, una enseñanza, una semilla de
sentido que espera ser reconocida.
Es un compartir que surge de la propia memoria del cuerpo, de lo vivido como un
mapa. Lo que narro sucedió aquí en México, en este hermoso territorio lleno de
belleza, como en tantos otros lugares del mundo donde también la sombra se
manifiesta a través del abuso, la violencia, las enfermedades mentales, las infancias
fracturadas.
Este libro recoge historias que no siempre han tenido espacio para ser escuchadas.
Habla del dolor que atraviesan generaciones, pero también de la resiliencia que
florece incluso en la tierra más árida. No es un libro sobre victimismo, sino sobre la
capacidad humana de sostenerse, reconstruirse y renacer aun cuando todo parece
perdido.
El propósito de este libro es honrar e integrar las etapas vividas —las mías y las
tuyas—, reconociendo que, aunque cada historia es distinta, hay hilos que nos unen
profundamente.
Se honra la vida en todas sus formas: La vida que se armoniza en la naturaleza y
sus ciclos, las infancias, los padres con sus luces y sombras, las enfermedades, los
desórdenes emocionales y mentales, así como las tribus de mujeres y madres que se
sostienen unas a otras en medio del caos; que crían, cantan, sanan, lloran y celebran
juntas.
Hay algo sagrado en reconocernos como espejo y como refugio. En comprender
que la sanación también ocurre en comunidad.
Este libro también busca visibilizar la importancia de criar en tribu: con respeto con
acompañamiento y con la presencia de otras mujeres que se reconocen, se entienden
y se sostienen más allá de sus historias y de las heridas de la infancia que impactan
en la vida adulta, así como identificar las distorsiones que se forman a partir de ellas.
A través del autoconocimiento, propone una forma de resignificar la historia y tomar
decisiones más conscientes, que se traduzcan en una vida más plena.
Es también una invitación a poner luz en los espacios donde por mucho tiempo
hubo silencio, y a reconocer que es posible integrar el trauma, rehabilitarnos
emocionalmente y recuperar nuestra capacidad de vivir con mayor presencia y
dignidad.
Este es un testimonio de que incluso en las experiencias más oscuras existen
semillas que pueden florecer en conciencia y libertad.
No tienes que haber vivido lo mismo que yo para conectar con estas páginas. Si
alguna vez sentiste que algo dentro de ti te estaba consumiendo, si anhelas volver a la
paz, volver al corazón es la salida del drama. Aquí te compartiré herramientas que fui
descubriendo en el camino, que para mí ha sido muy útil y que espero que lo sea para
ti también.
Comencé a escribir con la intención de dejar de cargar dentro de mí memorias que
me pesaban. Comencé a recapitular mi historia y empecé a darme cuenta cada vez de
más cosas que sucedían mientras iba escribiendo; iba hilando cada vez más. Más
adelante leí que recapitular era una técnica antigua; que los toltecas —la civilización
que procede de los olmecas, la más antigua de México, de la cual me siento muy
orgullosa— tenían una técnica de recapitulación, así que con mayor razón decidí
seguir escribiendo para mi desahogo y sin intención de publicarlo.
En el proceso, descubrí que nada había sido tan grave como mi mente lo había
interpretado, y esa revelación fue una bendición inmensa para mí. Pensé en conservar
el manuscrito solo para mi descendencia, como un testimonio al que pudieran acudir
algún día si necesitaban comprender las raíces de nuestro árbol genealógico. Estudié
hace diez años Descodificación Biológica y ahí entendí mejor la importancia de saber
las historias del clan, de los familiares y de la línea de ancestros que nos antecede. En
este proceso de escribir y recapitular me di cuenta de algo más: no importa tanto la
historia que se haya vivido, sino cómo se sintió y la manera en que se mira.
Al narrar nuestra historia y volver a mirarla con honestidad, se abre un espacio
para:
Comprender de dónde nacen esos sentimientos, esos miedos o esos caminos
neuronales que se formaron a partir de una experiencia.
Detenernos y replantear la mirada con la que observamos lo ocurrido.
Descubrir su propósito oculto.
Sentir gratitud por aquello que antes dolió.
Al volver a contemplarlo desde otro nivel de conciencia, la carga se aligera y la
mirada se vuelve más compasiva hacia nosotros mismos y hacia los demás. Y
entonces, desde esa expansión del entendimiento, puede surgir una verdad simple y
luminosa:
«Todas las experiencias eran necesarias para mi crecimiento».
Mientras escribía y contemplaba lo recordado, me di cuenta de que algo se movía y
se acomodaba en mi corazón. Recapitular es volver a esos momentos donde dejamos
pedazos de nuestra energía. Es reconocer los instantes en que nos quedamos
atrapados en pensamientos como:
«¿Por qué me sucedió esto a mí?».
«¿Por qué me hicieron esto?».
«Debía haber dicho esto o hecho aquello».
Cada uno de esos recuerdos congelados nos roba energía vital. Y cuando los
miramos con amor, cuando comprendemos el «para qué» y agradecemos,
empezamos a recuperar esas partes del alma que quedaron fragmentadas en el
pasado. La gratitud es la llave. Es el punto donde la historia deja de ser una tragedia y
se convierte en una historia de amor.
A mí me funciona saber que incluso aquellos que interpretaron el papel del
«villano» lo hicieron desde un acuerdo más profundo; desde un amor en otro plano
que aceptó descender a esta experiencia para mostrarnos algo que necesitábamos
aprender.
Esa es la medicina que vengo a compartirte:
Todo lo vivido tuvo un sentido.
Nada fue en vano.
Cuando volvemos al corazón, aunque suene trillado todo se acomoda en su lugar.
Ahora entiendo que este proceso no es solo mío. Es de cada mujer al llegar al
punto de observar todo lo que cosechamos.
La neuroplasticidad y una buena guía nos ofrece la posibilidad de transformar
nuestras conexiones neuronales y, con ello, reprogramar el significado de nuestras
vivencias. En otras palabras, nos permite integrar el trauma cambiando el enfoque de
la narrativa que nos contamos.
Y cuando logramos integrar lo vivido, eso se convierte en oro molido. Porque
incluso el trauma puede ponerse a nuestro favor cuando dejamos de rechazarlo y, en
cambio, reconocemos el aprendizaje que trae: el entendimiento de nuestros límites
sanos, esos que nos permiten vivir en paz.
Bienvenida, bienvenido a esta historia que te comparto desde el deseo profundo de
ofrecer, a quien llegue aquí, una brújula amorosa nacida de mi propio proceso de
volver al corazón.
Capítulo 4
EL LLAMADO DEL CORAZÓN
«El patrón se repite hasta que el alma lo reconoce, lo nombra, lo abraza y
lo libera».
Nunca olvidaré aquella mañana en la que me deshice en un llanto desconsolado
dentro de esa tina. Tenía veintidós años y estaba embarazada de unos seis meses de
gestación. Hasta ese momento pensaba que vivía una vida feliz. Aun siendo tan joven
para ser mamá, mi pareja y yo habíamos acordado tener a nuestro bebé para
enseñarle esa vida que estábamos aprendiendo a vivir de manera sustentable.
Él era una persona muy interesante, a quien yo admiraba mucho. Él había
construido con sus propias manos la casa en la que vivíamos. La mayoría de los
muebles también los hacía. Tenía su aserradero; le gustaba cortar a él mismo los
árboles, convertirlos en tablas y luego construir. Yo le ayudaba y aprendía de todo lo
que proponía crear.
Vivíamos en un bosque hermoso, envuelto en niebla, donde por las noches las
luciérnagas encendían pequeños destellos entre las sombras y las orquídeas brotaban
entre un verde intenso. El musgo cubría la tierra como un manto suave, y un río de
agua limpia corría cerca, acompañando el ritmo de nuestros días. Sentía que mi vida
era más que un sueño hecho realidad.
Sembrábamos nuestra propia comida. Guardábamos las semillas para volver a
sembrarlas y así continuar el ciclo. Teníamos animales de granja, a los que yo me
dedicaba a cuidar y alimentar. También me gustaba hacer queso, y juntos
cultivábamos hongos comestibles. Vivíamos cerca de la tierra, del tiempo lento, de la
idea de que era posible una vida —y una familia— desde el cuidado y la
sustentabilidad.
Cada jornada estaba atravesada por la belleza de una vida simple y aparentemente
consciente. Amaba ese modo de vivir; sentía que era lo más real que hasta ese
momento había vivido, sentía que por fin tenía un propósito y un gozo particular: el de
crear un vínculo más íntimo con la tierra, con el río, con los ciclos naturales que
empezaba a reconocer como parte de mí.
Todo cambió abruptamente cuando el padre de mi hija, de la nada, la noche
anterior me confesó que se veía con otra mujer y que no podía dejar de pensar en ella;
que la culpa lo carcomía y que me lo contaba para que yo aceptara vivir así, sabiendo
que él tendría una amante. No era una desconocida, sino la señora que limpiaba
nuestra casa; ella era más de veinte años mayor que él y casi treinta años mayor que
yo, con hijos de su edad y nietos, lo cual me desconcertó aún más. Esa noche no
pude dormir, tratando de entender lo que me había confesado. Fue como si me
hubieran aventado «una cubeta de agua helada a la cara». Mi cuerpo intentaba
sostener la vida que crecía dentro de mí, pero sentía que mi alma se rompía.
Al amanecer, me metí a la tina. Y ahí, en el calor del agua, me deshice en un llanto
que venía de mucho más atrás. Con el único consuelo de un ser creciendo dentro de
mí —una hija a la que ya amaba profundamente sin conocerla—, con un nudo en el
pecho y unas ganas enormes de que alguien me abrazara y me dijera: «Despierta,
solo fue una pesadilla. Todo está bien».
Pude sentir que no era solo por él: era un dolor grande de traición. Se despertó
aquella herida de traición que había permanecido contenida durante años. Un dolor
que había logrado mantener sedado mientras intentaba ser la fuerte, mirar la luz en
todo, divertirme, seguir adelante.
Fue ese momento en el que sentí que ya no podía cargarlo más. Así que lloré
durante horas desde lo más hondo por la niña que fui. Por todo lo que callé. Por la
herida que se reabría justo cuando más necesitaba sentirme sostenida. Entonces mi
cuerpo habló: mis brazos se entumecieron y el aire comenzó a faltar. Fue un ataque
de pánico, uno fuerte; ahora lo sé. Al darme cuenta de que lo que creía que era mi
felicidad iba a derrumbarse, no podía asimilar que mi familia —esa que tanto había
deseado tener «alguna vez», una que no fuera disfuncional como en la que viví en
mi niñez, esa que yo había decidido crear— se estaba rompiendo en pedacitos
cuando aún ni siquiera empezaba.
Ese llanto de dolor era el mismo que se había quedado atrapado en mi garganta
desde que era niña. Desde aquella vez, a los ocho años, que vi a mi madre correr a
mi padre y lo vi irse por la puerta, aunque una parte de mí sabía que él no debía
estar cerca de mí. Y ahí en aquella tina con el abrazo del agua tibia comencé a
recordar, a unir piezas, a mirarlas por dolorosas que eran… Mi padre abusó
sexualmente de mí varias veces cuando yo era pequeña. Lo sabía en el cuerpo,
aunque no tenía las palabras.
Recuerdo el día que mi mamá tuvo dolores de parto y la llevamos al hospital
porque iba a dar a luz a mi hermana. Los doctores dijeron que se quedara en el
hospital y que regresáramos más tarde. Recuerdo que regresé a casa con mi papá;
yo tenía seis años y esa fue la última vez que recuerdo que abusó de mí. Mi madre
en el umbral, dando a luz a otra niña, y mi padre en casa aprovechándose de su hija,
a la que debía cuidar. Hoy puedo entender la fractura de la mente de mi madre: hay
dolores que no dejan intacta a ninguna mujer.
Recuerdo claramente varias veces en que cruzó esa línea que jamás debió cruzar.
Invadía mi cuerpo sin permiso. Me dolía. Y tristemente algunas veces recuerdo sentir
que me gustaba. Eso me confundía mucho por supuesto. Yo era una niña y no
entendía con palabras lo que pasaba, pero mi cuerpo sí sabía que algo estaba mal.
Una vez mi padre me preguntó:
—¿Quieres saber cómo amarran a las iguanas?
Yo, inocentemente, le respondí que sí. Entonces me ató las manos y los pies por
detrás. Aún recuerdo las agujetas de colores; mi madre las había comprado en México
para sus tenis. Recuerdo el dolor físico… pero más que eso, recuerdo su expresión. A
él le causó mucha gracia y yo no entendía por qué su forma tan brusca y violenta de
darme atención.
En ese entorno y quizá en ese tiempo estaban bastante normalizados los pequeños
actos violentos, como el día que cumplí tres años. Mi pastel era hermoso, blanco, lleno
de conejitos simulando que rompían una piñata; recuerdo personas cantándome las
mañanitas y a mi papá siguiendo esa costumbre mexicana de empujar a quien cumple
años hacia el pastel. Mi papá me empujó con fuerza. El merengue se me metió por mi
nariz, por mis ojos. El pastel quedó arruinado y yo me puse a llorar en pleno canto de
las mañanitas; sentí que me ahogaba y que mis ojos me ardían. No entendía por qué
un momento tan lindo tenía que tornarse triste, humillante incómodo, recuerdo que me
sentía muy apenada.


